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La ruleta rusa de la traducción

¿Tendencia en las empresas de ingeniería, o situación coyuntural?

Es posible que escribir esta entrada me coloque en una posición incómoda con algunos contactos, sobre todo en la red LinkedIn con los que he hablado en los últimos meses, y con aquellos que estarían en mi “órbita” como posibles futuros clientes, pero no puedo dejar de expresarme aquí sobre un tema que me preocupa.

En los últimos meses, quizás en el último año, me encuentro en la incómoda posición de recibir respuestas como esta ante la propuesta de colaboración como proveedor de servicios lingüísticos a empresas de ingeniería:

“Nuestros recursos internos dominan varios idiomas y ellos se encargan de las traducciones…”

“Nuestros recursos” suelen ser los ingenieros o personal técnico que trabaja en la empresa, o incluso en las subcontratas y que, o bien tienen un elevado nivel (en el mejor de los casos), digamos de inglés, o han trabajado algún tiempo en un país cuyo idioma no es el propio del recurso. Desde mi humilde punto de vista, quizás interesado, no voy a negarlo, este enfoque adolece de varios problemas, pero dos de ellos son muy evidentes:

  • Traducir no tiene que ver con haber obtenido un nivel C1 en inglés, español o alemán. Traducir no es tener un conocimiento del vocabulario técnico en los idiomas de partida y llegada. La capacidad de traducir no se obtiene por haber trabajado en un sector especializado en un país extranjero. Traducir es mucho más que todo eso, algo más complejo, que tiene que ver con procesos cognitivos (decodificación y codificación), comunicativos, culturales que se gestionan adecuadamente para producir una entidad comunicativa independiente y compleja: el texto final. Traducir es una actividad mental que se aprende, amplía, gestiona, modifica, recicla, entrena y se perfecciona con trabajo y esfuerzo. Emplear personas que no hayan sido entrenadas y formadas en estos procesos tiene tanto sentido como usar personal de enfermería para operar una hernia.
  • Desde un punto de vista meramente empresarial, dedicar recursos humanos a tareas para las que no están preparados, o que queden fuera de su ámbito de actuación principal es, de todo punto, un despilfarro económico, puesto que el ingeniero como realmente produce beneficios a la empresa es en su labor de ingeniería.

Dicho esto, no quiero decir que un ingeniero no pueda llegar a ser un buen traductor, de hecho muchos tienen algo que a los traductores no ingenieros nos cuesta años aprender (pero que se logra): tienen grabado a fuego la terminología de su campo de actuación. Por otro lado, los ingenieros suelen adolecer de esas otras cualidades que necesita todo traductor: capacidad comunicativa, conocimiento de los idiomas a niveles profundos, etc, etc…

Tampoco quiero dar a entender que los ingenieros o el personal técnico deban desentenderse de las actividades que un traductor profesional realice, más bien al contrario: el ingeniero puede y debe aportar sus conocimientos para resolver dudas, aportar su conocimiento de la técnica para ayudar en la terminología, etc, etc…

Se puede entender que, ante la falta de tiempo o de presupuesto puntual, una empresa decida emplear a un técnico en labores de traductor, puede ser. Lo que no acabo de entender es cómo esa opción coyuntural y salvadora, llega a convertirse en la única opción, sobre todo cuando se emplea al técnico para traducir, no solo a su lengua materna, si no a una segunda lengua, de la cual solo tiene, en el mejor de los casos, un conocimiento parcial y muy sesgado.

No es la primera vez que escuchamos que tal o cual empresa en una licitación internacional no obtienen el contrato o que han sido amonestados por la pobre calidad de las traducciones. Y qué decir si hablamos de la seguridad de trabajadores, usuarios, etc. Ninguna empresa debería arriesgarse a situaciones en las que un supuesto ahorro económico (el cual está por ver que se consiga) pueda lastrar o entorpecer la obtención de un contrato, la renovación de una licencia, o si quiera la comunicación con sus clientes o usuarios finales.

Nunca pasa nada, hasta que pasa. Porque jugar a la ruleta rusa con la traducción es lo que tiene, uno nunca sabe si la bala del tambor estará colocada para el disparo.

José M. Montero. Traductor técnico. josem.montero@traduccionesjmv.com

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